Puta madre. Encima que me cagué mojando cambiando la goma de la camioneta bajo la lluvia, cuando llego al ciber de la Mabel (se lo puso el ex dorima) la veo parada con las manos en la cintura y cara de culo. Lo primero que pensé fue: “¿Qué cagada me mandé?”. Algunos hombres tenemos una cualidad y es que, cuando vemos quilombo en puerta de este tipo, en segundos hacemos un recuento de las posibles faltas que pudimos haber cometido. Es como en Matrix, mientras nosotros pensamos a mil, alrededor todo se mueve en cámara lenta. ¿Era alguna fecha en especial? ¿Tenía que pagar algo y me comí la guita? ¿Me enganchó mirándole el culo a otra mina? No, todo estaba en orden, cero olvido, nada de trampa. ¿Qué había hecho, entonces? Por las dudas, me olvidé de que venía mojado hasta las bolas y, con mi mejor sonrisa de langa venido a menos, le digo tiernamente:
- ¿Por qué esa cara de ojete, corazón?
- Morales, sos un burro –me dice, remarcando la r.
- Gracias, mamita –le digo, pero al instante dudo- Pará, ¿en que sentido lo decís? ¿Por lo que calzo?
(Se oyeron risitas en el fondo del salón).
- No, más quisieras. Por lo bestia, pedazo de ignorante.
Eso dolió. Ella sabe que me esfuerzo, pero no acuso el golpe.
- Cuchame un cachito, gila. Vos te habrás recibido, pero yo tengo cuatro años de secundaria.
- ¿De dónde cuatro? –grita algo desaforada- Si abandonaste en segundo año.
- Ah, claro. Pero ya lo había repetido dos veces.
- Dioooooooo, diooooooooo y re dioooooooooo -exclama alzando los brazos.
(Me encanta cuando dice así. A veces la hago engranar para escucharla decirlo).
- ¿Y a qué viene tanto quilombo con el estudio, Doctora Toledo? –pregunto tomando la iniciativa.
Le jode mucho cuando le digo Doctora, porque ella había empezado la facultad de Derecho y tuvo que abandonar al año, porque el padre se piró de la casa y tuvo que ponerse a laburar para mantener a su vieja y a su hermano. Después se arregló con el viejo, Don Atilio. Pero bueno, me estoy yendo por las ramas, como decía el tipo que hacía árboles genealógicos. La cuestión, que la Mabel entrecerró los ojos y me mandó esa mirada, que tanto conozco, donde me dice sin hablar: “La reputísima madre que te recontraparió”, pero prefirió contestarme:
- Pasa que estás escribiendo este blog, bloggggggg, no bló, como ponés vos y está lleno de horrores ortográficos.
- ¿Y con eso? –pregunto entre asombrado y algo ofendido.
A todo esto, la concurrencia en el ciber estaba con toda su atención puesta en nuestro conflicto. Los que estaban chateando habían puesto en el MSN que estaban ausentes, o comiendo o que no los jodieran y los pibitos habían colocado en pausa al Counter.
- ¿Con eso? ¿Y todavía preguntás? ¿No te das cuenta qué lo leen los chicos? ¿Qué ejemplo les das? –dijo levantando el tono.
Creí sentir una mirada de reproche del piberío.
- Si la gente habla así.
- Noooo, vos hablás así, zopenco.
- ¿Zopenco? ¿Quién zopenco? Vos sos zopenco.
La turra me miró socarronamente y me dice:
- No tenés idea que quiere decir zopenco, ¿no?.
- Ehhh, claro que sé, pero si quiero te lo digo y si no quiero, no.
- Es lo mismo. Pero te digo algo –dijo amenazadoramente-, sino te ponés las pilas, acá no venís más a escribir el blog.
- Y bueno, me iré a otro lado.
¡Para qué! Si hubiera estado treinta centímetros más cerca, la Mabel me embocaba, seguro.
- Mirá, pelotudo –me dice, apuntándome con el dedito índice- si yo te llego a ver en otro ciber, no me tocás más el pelo.
“Uhhhhhhhh”, se escuchó como un murmullo en el negocio. No podía dejar que me cagara tan a pedo. El gordito Maresca, en la primera máquina, me miraba ansioso, como confiando en que yo reaccionara y no se le cayera un ídolo.
- ¿Quién carajo te entiende? No querés que escriba acá, pero tampoco en otro lado –le grito envalentonado.
Maresca levantó tímidamente el pulgar, como apoyándome, pero evitando que lo viera la Mabel.
- Ok, hagamos algo –me dice más calmada- Escribilo acá, pero yo te lo corrijo.
No era una mala transa. Pero algo tenía que decir yo:
- Ok, pero algunas expresiones quedan, ¿estamos?
La Mabel me miró de arriba abajo:
- Estamos.
Y dando media vuelta, se fue moviendo el culo como solo ella sabe. A los tres metros gira la cabeza y me dice:
- ¿Qué mirás?
- Nada, ¿Por? –le pregunto haciéndome el boludo.
- Ok, si lo querés, ganátelo –y me guiña un ojo.
Dicho esto se fue a ordenar las golosinas en el kiosquito. Yo me quedé parado en la entrada, chorreando agua y siendo mirado con algo de desaprobación por la pendejada. Los miré fijo, como para meterles miedo y les dije:
- ¿Qué mierda miran, zopencos?