¿Cuándo mierda dejará de llover? Ya ni recuerdo cuando empezó este diluvio. Hay goteras hasta en el suelo, una humedad que convive con uno, que la llevás donde vayas. La gente está húmeda, con todo lo que esa expresión representa.
Cuando salgo a hacer un flete, tengo que ir despacio, porque encima que no andan bien los frenos, las ruedas están tan lisas que el otro día para no atropellar un gatito tuve que frenar cinco cuadras antes. Igual se la puse al minino. Estaba predestinado, pero tuvo su oportunidad y no la aprovechó.
En el ciber, la Mabel llenó de hojas de diario el piso, pero es tanta la humedad que no hay periódico que alcance y ya me está relojeando los clasificados de hoy que estoy leyendo. Ya desapareció la sección espectáculos, deportes y moda.
Encima en el clú hay que hacer mil cosas, limpiar, poner en orden, ver que hace falta, arreglar, tomarse un porrón, distribuir tareas, tomarse otro, hacer publicidad... ¡Ah! si, eso. El Eze (mi sobrino) está haciendo un volante para asociar gente, con un texto que le dí. A la Mabel mucho no le gustó, pero bueno, el Eze me tiene más cariño a mi, (je).
Mientras la Turca nos ceba mate (húmedo), leo el diario y le hago aportes estéticos al Eze, los cuales no son bien recibidos.
De repente, se escucha un grito en el fondo del ciber, específicamente en la máquina 9:
- Noooooo, ¿Qué es estooo?
Nos vamos con la Mabel a ver que pasó y ahí está el pibe con la cara desencajada y señalando al monitor. Fijamos la vista ahí y en la pantalla aparece una foto de una playa tropical, con palmeras, el mar cristalino y... un sol.
- ¿Qué es que, querido? –le pregunta, maternal, la Mabel.
- Eso blanco, que brilla, me hace mal mirarlo –dice casi llorando el preadolescente.
- ¿El sol? Eso es el sol –le dice, extrañada.
- Saquenlón, saquenlón –grita angustiado el pibe.
La Mabel me mira como buscando una respuesta. Creo tenerla.
- Sabés qué pasa, hace tanto que llueve que estos pibes se la pasan acá en el ciber y después se van y sigue lloviendo. En estos momentos el sol les parece tan extraño como a mi un billete de cien mangos. Hace tanto que no veo uno, que cuando me garpen con un billete de ésos quizás me suba la mínima.
- Debe ser. Bueno, querido –le habla al pibe-, calmate, respirá hondo, ya va a pasar, no tengás miedo. Ya va a dejar de llover.
- No me mientan, no me mientannnn –dice el chico, ya en pleno llanto y encara para la puerta.
- ¡Esperá! –le grito- ¿Adónde vas en ese estado?
- ¡Dejenmén! ¡Quiero salir de acá! –dice con la mirada extraviada y sale corriendo a la calle.
Cuando llego a la puerta el pibe ya doblaba corriendo la esquina. Me quedo pensativo un momento, miro al cielo todavía encapotado y suspiro diciendo:
- Pobre pibe.
- Pobre las pelotas –se escucha decir a la Mabel.
- ¿Por qué decís eso, insensible?
- Porque el turro se fue sin garparme las tres horas que estuvo conectado –me responde mientras toma los clasificados, que todavía no terminé de leer, para ponerlos en el piso.
Me quedo pensativo un momento, miro al cielo todavía encapotado y suspiro diciendo:
- Que hijo de puta.