- Ade, necesito hablar con vos. A solas.
Cuando el Ruso me dijo así y vi su cara seria, pensé dos cosas: “Cagué, se acordó de la guita que le debo” y “Cagué, me viene a pedir guita prestada”. Dejé un momento mis ocupaciones en el clú (estaba con el Nono descubriendo dibujos en las manchas de humedad del techo del salón) y me fui a sentar con el Ruso, dispuesto a afrontar lo que fuere.
- Tengo la solución para el tema de fútbol en el club., Ade.
Respiré aliviado, la cosa no venía de mangazo, pero igual sentí un dolor en el alma. Es que cuando me nombran el fulbo, me agarra una angustia... Hace rato que no embocamos un partido, ni un mísero empate o una honrosa derrota de menos de cuatro goles en contra. Presté atención a mi compañero de mesa, mientras le hacía señas al Rengo Díaz para que me trajera del buffet una Quilmes.
- Te escucho, ruso –le dije
- Mirá, viste que yo ando con el camión por todos lados. Bueno, la semana pasada, fui al puerto a cargar una merca media falopa, pero bien paga. Termino de subir todo y salgo para San Nicolás. A la altura de Fighiera (yo venía rápido), tengo que frenar por las putas lomas de burro que tienen ahí. Sentí un ruido raro en la caja, que sé yo, uno conoce su laburo y ese no era ruido de cajas cayéndose.
El Rengo llegó con la cerveza, la destapó y se quedó parado, como prestando atención al relato. El Ruso lo miró, me miró, me hizo señas con la cabeza de la presencia del Rengo. Yo miré al Rengo, éste me miró, le pregunté con un gesto de la cabeza que quería, el Rengo se encogió de hombros y siguió en su lugar. Miré al Ruso, volví a mirar al Rengo y le dije:
- Rengo, ¿me haces un favor?
- Decime, Ade.
- ¿Por qué no te vas a esterilizar cucarachas con un alicate? ¿No ves que estamos hablando?
El Rengo me volvió a mirar, lo miró al Ruso y dando media vuelta se fue rascándose la nalga izquierda. Creí oírlo murmurar una puteada.
- Disculpá, seguí Ruso –le dije mientras llenaba los vasos.
- Ok, bien, frené al costado de la ruta y me bajé con el palo para controlar las ruedas, dispuesto a surtir a quien sea. Abrí las puertas con cuidado y grité: “Salí, la concha de tu madre o subo y te bajo los dientes, te bajo”. Pasaron un par de minutos y nada. Cuando ya me subía, del fondo de las cajas se asoma una cabeza.
- A la mierda –dije, compenetrado con el cuento.
- Aparece un negrito, reflaco, pero musculoso, con cara de hambre y una baranda que hacía flamear los postes de la luz, diciendo: “Pollo, pollo”.
- A la remierda –exclamé, sin mucha originalidad.
- Bueno, te la hago corta. El pibe resultó ser un polizonte de un barco nigeriano, y según un papelito que tenía encima, parece que se llama Mbemba Embuila, o algo así. Yo le puse Pollo, porque es más fácil y era lo único que sabía decir él. Me dio lástima, así que le di algo de comer y tomar y lo subí conmigo adelante. Me ayudó a descargar y ahora lo tengo conmigo.
Yo me rasqué el mentón, como si pensara, cuando en realidad era que me picaba la barba, y le dije:
- Linda historia, Ruso. Pero, ¿qué tiene que ver el fulbo con esto?
- A eso iba. En una parada, en una estación de servicio, mientras cargaba combustible, fui al baño. Cuando vuelvo, a unos pibitos que estaban jugando a los penales, se le escapa la pelota y va a parar a los pies del Pollo. La levantó como si nada, empezó a hacer jueguitos, con las rodillas, con la cabeza, con los hombros, con el culo, que sé yo, un maestro el morocho. Después se las devolvió pegándole con los tres dedos a los pendejos, quienes estaban con la boca abierta, y se vino caminando hacia mí como si hubiera hecho lo más normal del mundo.
El Ruso, se inclinó hacia delante y tomándome el brazo, dijo vehemente:
- Ade, el Pollo es un crack.
- Caramba –sólo pude decir.
Mi mente estaba a full. Si el Pollo era como decía el Ruso, era el jugador que nos podía salvar. Pero, siempre hay un pero, algo no me cerraba y lo hice saber:
- Todo bien, Ruso, pero... ¿qué pito toca el Clú en esto?
El Ruso se echó para atrás en la silla y, como restándole importancia, dijo:
- Bueno, como “descubridor” del Pollo, yo estaría dispuesto a cederlo al equipo del club.
- Ah, que bien. ¿Y cuánto nos va a salir esta “gauchada”? –dije mirándolo cancheramente.
- Nada –dijo, sin inmutarse.
- ¿Nada? Dejate de joder, Ruso. Vos no hacés nada gratis.
El Ruso miró para los costados, como para cerciorarse que no hubiera nadie escuchando y me dijo:
- Al club no le saldría nada, pero para mí valdría mucho que el club lo mantuviera.
- ¿Mantener? ¿A qué te referís? –pregunté un poco fastidiado.
- Si, yo lo cedo sin un mango para mí, pero el club se tiene que hacer cargo del Pollo. Le tiene que dar de comer y donde dormir.
- Pará un cachito, Ruso. Vos no estás contando todo. Largá el rollo, si querés que te ayude –lo apuré, ya sabiendo que me ocultaba algo.
El Tipo agachó la cabeza y la empezó a mover. Suspirando y con los ojos medio vidriosos, me contó:
- Lo que te diga tiene que quedar entre nosotros. Prometémelo, Ade.
- Tenés mi palabra, Ruso –dije solemne.
Pareció más tranquilo y confiado.
- Cuando volví del viaje, lo levé al Pollo a mi casa y se lo presenté a la Betty, mi mujer. Ella lo recibió rebien y el pibe se sintió comodísimo. Le preparamos el cuarto de mi hijo que está estudiando en Buenos Aires y le dimos pilchas. La Betty le indicó por señas que se podía bañar y le mostró el baño. El pibe agradeció con la sonrisa más grande que haya visto y con la Betty nos fuimos a la cocina a preparar el mate. De repente mi mujer se apiola que no había toallas grandes en el baño y me dice que se las va a alcanzar. Yo me quedé prendiendo la cocina y puse la pava con agua. Como vi que tardaba en volver la Betty, pensé que capaz el Pollo no le entendía, así que fui a ver que pasaba.
Una nube pareció cubrirle la mirada. Intuí algo, pero lo dejé terminar:
- La Betty estaba parada, estática en la puerta del baño con las toallas en el piso, la boca abierta y la mirada clavada en la ducha. El Pollo no la había visto abrir y se siguió bañando como si nada. A la vista de la Betty aparecía el tipo en todo su esplendor y ella estaba como hipnotizada. Cuando me acomodo atrás de mi mujer, veo lo que ella miraba y no pude dejar de entenderla.
Hizo un descanso en el relato y suspirando, agregó:
- Ade, el pibe tiene una tararira de 30 centímetros, mínimo.
- A la pelota –sólo pude acotar.
- Si, las pelotas también las tiene grandes –me dijo ya con lágrimas.
- ¿Y entonces? –alcancé a preguntar.
- Bueno, la Betty se obsesionó con el negro. No le interesa lo que yo diga, quiere que el Pollo le dé matraca, está enloquecida. Y yo la quiero mucho, pero tengo mis límites. Así que necesito que el morocho se vaya de casa, pero el pibe es buenísimo, él no tiene la culpa de ser dotado. Por eso te pido que lo acepten acá. Ganaríamos todos. Ustedes tendrían un crack sin desembolsar un mango, el Pollo tendría un lugar para vivir y yo podría estar más tranquilo para recomponer mi relación con la Betty. ¿Hacemos negocio? –me miró como suplicando.
No me tomó mucho decidirme.
- Ok, Ruso, traelo al pibe. Vamos a buscarle un lugar y si juega como vos decís, seguro en el equipo lo van a recibir con los brazos abiertos.
- Gracias Ade, al Pollo lo tengo afuera en el camión. Ya mismo lo hago bajar. Ah, otra cosa. Olvidate de la guita que me debés.
Y se fue para la puerta del clú. El Rengo se arrimó a la mesa para retirar la botella y los vasos vacíos. Le pregunté:
- ¿Qué opinás?
- ¿De qué? –me dice con cara de boludo.
- No te hagás el que no sabés, que te biché escuchando todo.
Haciendo una sonrisa cómplice, me contesta:
- Los tríos son jodidos, Ade. Más de un pene en la casa, asusta. Y más si uno es de esas proporciones.
Cuando se lo propone, el Rengo es todo un sabio.